viernes, 1 de julio de 2016

Tras el 26J: de la sonrisa a la broma pesada del destino

@teresacardenes

Si usted venció el domingo 26 de junio la tentación de irse a la playa y mandar a paseo el deber ciudadano de votar es bastante posible que hoy, seis días después, haya empezado a arrepentirse de entregar otra vez su confianza a alguna de las facciones que en breve volverán a sentarse en el Congreso. No es para menos, en vista de la exhibición de tacticismo, endogamia y total incapacidad para la autocrítica que vuelven a mostrar sus señorías en el delicado trance de encontrar de una vez una fórmula para la gobernabilidad del país. Hay millones de motivos para que los partidos con representación parlamentaria pongan fin de una vez al circo en que han convertido la búsqueda de una fórmula estable para gobernar. El primero de ellos, los cerca de 4 millones de españoles que todavía permanecen en el paro, una cifra aún más dramática si se analiza en términos porcentuales: 20 de cada cien españoles en edad de trabajar carecen de empleo, porcentaje que se dispara a un 44% sencillamente brutal si el segmento de población analizado es el menor de 25 años. El segundo, un contexto de vulnerabilidad generalizada en Europa ante ese terrorismo integrista que destruye vidas y sueños, pero que también hunde economías y países. El tercero, por si fuera poco, la incertidumbre sobrevenida sobre el futuro real de Europa como Unión tras el penoso Brexit.

La lógica más aplastante no admite demasiadas bromas con la gobernabilidad de España. Pero todo parece indicar que el escenario se encamina hacia la repetición de una exasperante comedia. El Partido Socialista, sí, ese que volvió a batir su propio récord de fuga de votos, siente tanta urgencia por resolver la gobernabilidad de España que ha decidido darse de plazo hasta el 9 de julio para reunir a su comité federal y decidir sobre los pactos. Dos semanas. Dos. Total, ¿qué prisa hay en formar gobierno mientras los barones se toman su tiempo para apuñalarse por los pasillos y enfangarse otra vez en otra bochornosa batalla intestina?

A su vera, por la izquierda, Pablo Iglesias, sin cuya obcecación por el fallido sorpasso España tendría ya un Gobierno sin Rajoy hace por lo menos dos meses, ha dejado testimonio en vídeo de su total y absoluta incapacidad para la autocrítica. Si lo han visto en su pieza favorita, el monólogo, ya habrán apreciado sus dos conclusiones. La primera, una insinuación nada sutil sobre la existencia de un pucherazo electoral por parte del partido ganador. La segunda, la muy alucinógena teoría de que si Unidos Podemos no obtuvo cientos de miles de votos más el 26J, no fue por ningún error propio, ni por su estrafalaria sonrisa del destino, ni por la humillación interna de ese valor emergente llamado Íñigo Errejón, ni por la purga posterior en la dirección de Madrid, ni tampoco por elegir la alianza equivocada. No. Si Unidos Podemos no obtuvo esos apoyos fue simplemente, dice Iglesias, porque otros tantos cientos de miles de ciudadanos tenían la sana intención de votarle a él, si bien quedaron agarrotados en el último minuto por un ataque de pánico súbito ante la urna que les llevó a votar... al PP. Y lo dice y se queda tan pancho. Como si el resto del universo mundo fuera solo una criatura poseída por la imbecilidad colectiva.

Pero este surrealismo patrio tan berlanguiano solo llega a su cénit si usted examina detenidamente el primer movimiento elegido por Mariano Rajoy para buscar un pacto: esto es, llamar al presunto líder de Coalición Canaria y a la vez presidente del Gobierno autonómico, Fernando Clavijo, para situar la clave de bóveda de la gobernabilidad de España nada más y nada menos que en el único y pírrico escaño que logró salvar para CC la diputada tinerfeña Ana Oramas.

Esto es: mientras el PSOE se entretiene en sus apuñalamientos y Pablo Iglesias ve naves ardiendo más allá de Orión, Mariano apunta una llave para la gobernabilidad en un partido en caída libre en Canarias que salvó su escaño por los pelos tras sumar apenas 78.080 votos en todo el Archipiélago y como cuarta (¡cuarta!) fuerza política incluso en su feudo, la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Todo esto dos años después de haber cometido el error histórico de arrinconar internamente a la valiosa Ana Oramas en lugar de auparla a la cúpula de Coalición Canaria, en una decisión en la que con un alto grado de probabilidad tuvo mucho que ver su condición de mujer. Porque los cortijos son por lo general poco compatibles con las direcciones con nombre de mujer.


Pero volvamos al Congreso y al futuro de la gobernabilidad. Que sí, que vale, que la aritmética parlamentaria tras el último 26J vuelve a ser tan alocada que es capaz de dotar de super poderes un único y pírrico escaño asentado a su vez en solo 60.124 votos en su circunscripción. Pero de ahí a querer colocar la clave para la gobernabilidad de España en el exactamente 0,33% de votos que obtuvo CC en el cómputo nacional total no es una sonrisa del destino. Es más bien una broma muy pesada del destino en un escenario que ya no admite más tonteos ni más juegos de florete.

Repasen la historia de Alemania que de esto algo sabe y pónganse de acuerdo de una vez en la única lectura razonable que puede extraerse del escrutinio del domingo: que el PP y el PSOE suman 222 escaños y que sí son ellos realmente los que tienen una poderosa llave para resolver este bloqueo de una vez. Una poderosa llave, amén de una extraordinaria responsabilidad.

Y ya de paso, háganos un favor a los canarios, señor Rajoy, y no vuelva a inyectar oxígeno a un partido que después de 23 años consecutivos en el Gobierno autonómico, ha sido totalmente incapaz no ya de poner coto al desespero del paro. Sino de detener otras sangrías aún más pavorosas: las que llevan los nombres de los ciudadanos que se mueren en las listas de espera sanitarias o las de aquellos otros que con menos de 14 años de edad ya se convierten en carne de cañón por la vía del abandono y el fracaso escolar. Y todo eso con la complicidad sucesiva y alternante de sus socios de gobierno con mando en plaza en Madrid. Léase PSOE y Partido Popular, tan culpables como ese nacionalismo que a dios gracias, se desploma cada día un poco más en Canarias.











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