domingo, 20 de diciembre de 2015

20D: adiós bipartidismo, hola incertidumbre


Las elecciones más disputadas de la historia democrática de España han dejado este domingo un escenario de cambio de ciclo y de complicación sin precedentes en la búsqueda de una fórmula que permita la elección del nuevo presidente del Gobierno.





El Partido Popular logró salvar los muebles y reconfirmarse como la fuerza más votada, pero tras sufrir un fuerte golpe que compromete severamente cualquier posibilidad de gobernar. El bipartidismo enferma, pero ni mucho menos acaba de morir: el PSOE también sufrió el castigo de los electores, pero aún así logra amarrar gracias a la ley electoral 91 escaños, una veintena más que Podemos, a pesar de que el partido de Pablo Iglesias y sus coaligados igualaron a los socialistas con 5 millones de votos. Más corto se quedó Ciudadanos, aunque con un no despreciable registro de 3,5 millones de votos y 40 escaños. Pese a las dispersión del voto, los cuatro partidos encontraron este domingo motivos para celebrar el resultado electoral: el PP por la victoria relativa, el PSOE por el descalabro no consumado, Podemos por su meteórica irrupción como tercera fuerza política y Ciudadanos por su autoproclamada conquista del centro. Pero empieza ahora el verdadero laberinto en busca de los 176 votos que deben sustentar en primera vuelta la investidura.



El PP pierde 4 millones de votos y 64 escaños y se queda a 54 diputados de la mayoría absoluta. Parte de ese castigo lo experimentó en Canarias, donde el PP retrocede a casi la mitad de los votos logrados en 2011 y se deja 4 escaños en el camino. En el otro lado de la balanza, Podemos irrumpe por primera vez en unas elecciones generales y se convierte en la segunda fuerza más votada en Canarias, por delante del Partido Socialista, aunque obtiene un escaño menos: los de Pablo Iglesias consiguen 3 plazas en el Congreso, frente a los 4 obtenidos por la coalición electoral del PSOE y Nueva Canarias. Coalición Canaria sufre también un severo castigo que reduce su presencia a un único escaño que a duras penas logró consolidar Ana Oramas por la provincia de Santa Cruz de Tenerife.

La nueva política exigirá un baño de humildad y forzará a las fuerzas políticas a esmerarse para caminar con un solo pie por el alambre de la aritmética parlamentaria. Porque las cuentas de las mayorías no cuadran y a menos que se produjera un improbable pacto entre el Partido Popular y el PSOE, van a ser imprescindibles las alianzas a tres bandas para elegir a un presidente capaz de formar Gobierno. Mariano Rajoy, cuyo partido cae desde los 186 a los 122 escaños, lo tendrá extraordinariamente difícil para obtener en primera vuelta los 176 votos que necesitaría para continuar en La Moncloa. El único consuelo que le queda es que no lo tienen mucho mejor sus competidores y en particular Pedro Sánchez: el PSOE no llegó a descalabrarse del todo, pero perdió 19 escaños y un millón y medio de votos.

A pesar del golpe, tanto Mariano Rajoy como Pedro Sánchez comparecieron en la noche de este domingo ante los ciudadanos como si, en lugar de un duro revés electoral, sus respectivos partidos hubieran obtenido de los electores un premio de confianza. No se sabe muy bien qué festejaba Rajoy después de perder tres millones y medio de votos, pero lo cierto es que celebró la pírrica e insuficiente victoria desde el balcón de Génova como si su continuidad en la Presidencia no estuviera seriamente comprometida por la insuficiencia de escaños. A su vez, un crecido Pedro Sánchez compareció ante los periodistas con una alegría rayana en la euforia muy poco compatible con un desangramiento de un millón y medio de votos. Sánchez sí se anticipó a Rajoy para dejar claro que el más votado debe ser quien inicie la búsqueda de acuerdos para gobernar y hizo una abierta apuesta por el diálogo que en apariencia no excluye a nadie, ni siquiera al Partido Popular.

Ante este escenario, es patente que España se enfrenta a una nueva era política tan apasionante como cuajada de incertidumbres. Nueva también en los gestos. Uno de los más llamativos lo protagonizó este domingo Pablo Iglesias cuando, revestido de la misma serenidad con que ha ido moderando su discurso durante toda la campaña electoral, apostó por una política que cuide a los ciudadanos y acto seguido repitiera el mismo discurso en inglés. A sabiendas de que desde el exterior de España, Podemos es probablemente uno de los fenómenos de la política española que más expectativa exterior levanta.

Mucho más conservador, Albert Rivera no dio muchas pistas acerca de su comportamiento futuro, pero sí dejó claro que Ciudadanos quiere colaborar en la búsqueda de "una nueva mayoría" y repitió enfáticamente que, en el escenario que se abre, "pensaremos en España antes que en el partido". Incluso anoche, Rivera se mostró en alguna entrevista televisiva aparentemente en contra de dar un apoyo a la investidura tanto de Rajoy como de Sánchez, en el supuesto de que éste decidiera liderar un pacto de las izquierdas. Pero en su comparecencia institucional, lo que hizo fue enumerar una lista de deberes, los que aparentemente pondrá a aquellos que se acerquen a tratar de obtener los 40 votos de Ciudadanos en el Congreso: reforma de la ley electoral y pacto por la educación, para empezar a hablar.

Ya es lunes y 21D. Empieza a escribirse una apasionante historia de la política española. Las próximas semanas pondrán de manifiesto si el cambio de modos y formas que exigen los ciudadanos que han querido romper la simpleza del bipartidismo encuentra ahora acomodo en la hoja de ruta, a menudo tan interesada y endogámica, de las organizaciones políticas.

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