viernes, 8 de agosto de 2014

"Llamé histérica al 112 y les dije '¡por favor, vengan corriendo que mi niña está azul y se me muere!"

Yurena Santana Ramos, la madre que salvó a su bebé de tres meses de un atragantamiento gracias a las instrucciones telefónicas de un médico del 112 Canarias, todavía recibe asistencia psicológica y se despierta a todas horas para comprobar que su bebé respira


La niña pasó diez días hospitalizada, pues el vómito que la ahogó alcanzó sus pulmones y le causó una neumonía, y su madre la velaba de día y dormía de noche en su coche junto al hospital



Yurena y Dailyn, en el salón de su casa.


"Estaba con la niña sobre la encimera de la cocina intentando darle un masaje cardiaco como me decía el médico por teléfono, presionándole el pecho. Tenía miedo y yo misma me decía, dios mío, es muy pequeñita y le puedo romper una costilla. Abajo oía las sirenas de las ambulancias y después unos golpes muy fuertes en la puerta. Fui a abrir con ella en brazos y me la quitaron de las manos. Me preguntaron: ¿cómo se llama la niña? Y yo les dije: "No sé…"


Yurena Santana Ramos no va a olvidar nunca la mañana del 23 de julio en el sencillo salón de su casa en la zona residencial de La Feria, en Las Palmas de Gran Canaria. Eran las doce y media del mediodía, acababa de dar una toma de biberón a la pequeña Dailyn, de tres meses, y cuando el bebé lo terminó hizo lo de siempre: colocar a la niña erguida sobre su hombro para que expulsara los gases. La niña había estado resfriada y llevaba unos días incómoda e irritable. De pronto, Yurena escuchó que su hija hacía un sonido gutural extraño, como un pequeño ronquido. Cuando la giró vio que el bebé no respiraba y estaba completamente azul. Un aparente golpe de tos se había cruzado con un pequeño vómito en su garganta y la niña sufrió un atragantamiento que la dejó sin respiración. A partir de ahí se sucedieron para Yurena los 4 minutos más angustiosos de su vida, con cuatro paradas respiratorias seguidas de su bebé.

"Cuando vi a la niña azul llamé primero al padre al trabajo y le grité "ven corriendo que la niña se me muere". Luego intenté marcar el número del 112, pero estaba tan nerviosa que no acertaba y marcaba delante el prefijo 928. Cuando por fin conseguí marcarlo bien, les grité histérica "por favor, vengan corriendo que mi niña se me muere". Al otro lado del teléfono, un operador detectó una situación de emergencia, un cuadro en el que existe peligro potencial para la vida humana, y activó el protocolo: pasó la llamada al médico coordinador Jesús Martínez, y mientras las ambulancia se dirigían a toda velocidad al piso de Yurena Santana, el facultativo intentó primero tranquilizar a la madre y luego le dio instrucciones para que hiciera una maniobra de reanimación, con respiración boca-nariz y luego un pequeño masaje cardiaco, para evitar que la parada respiratoria derivara en una situación catastrófica para la pequeña. Y entre los dos lo consiguieron.

Kimberly y Yurena, con su bebé en brazos.

"Me dijo que colocara a la niña sobre una superficie dura y lo único que se me ocurrió fue la encimera de la cocina. No sabía cómo soplar por la nariz de Dailyn, tenía miedo de hacerle daño. Pero el médico me decía cómo hacerlo, con fuerza, hasta que notara que el abdomen de la niña se hinchaba con el aire, y así lo hice". No fue tarea fácil para Yurena. Con la cabeza contraída sobre su hombro para escuchar por teléfono las indicaciones del médico, consiguió dominar la angustia, los nervios y el temor a hacerle daño a una criatura tan pequeña. Pero el atragantamiento no cedía y cada vez que conseguía que la niña emitiera un débil llanto, notaba que acto seguido volvía a pararse "y a quedarse otra vez azul". Y así hasta cuatro veces. Al otro lado, Jesús ya la estaba preparando para iniciar el masaje cardiaco, y en ese momento la madre escuchó que alguien aporreaba la puerta. Cuando abrió, lo que a ella le pareció una tromba de médicos y sanitarios cargados con maletas de instrumental invadía su vivienda. "Nunca pensé que cupiera tanta gente en mi salón".

Para entonces, la madre ya estaba en estado absoluto de shock y no recordaba ni el nombre de la pequeña. Le dijeron que cogiera algunos efectos personales para ir al hospital con la niña "y salí con lo puesto, no encontraba nada y hasta el teléfono lo dejé descolgado". Afuera llovía ligeramente y a Yurena le pareció estar viviendo una película cuando los médicos le indicaron que viajara junto a Dailyn en la ambulancia medicalizada, que a ella le pareció casi una nave espacial.

Entre tanto, la angustia por la llamada desesperada de Yurena había movilizado también al padre de la niña: pese a que estaba trabajando en La Isleta cuando recibió la llamada de auxilio, tardó lo mismo que las ambulancias en llegar a su casa en La Feria. Por el camino "se saltó todo lo saltable". Solo al llegar a su destino se percató de que lo perseguía la policía. "Cuando los vio, señaló a la niña rodeada de médicos ante los agentes: "Era por esto por lo que corría". Los policías lógicamente desecharon cualquier posibilidad de sanción.

Para Yurena, el pequeño calvario no había terminado. Desde el atragantamiento, el 23 de julio, aún pasaron diez días hasta que la niña recibió el alta: el buche de leche que causó el ahogo había llegado a los pulmones y le causó una pequeña neumonía. Y cuando se recuperó, los médicos la sometieron a toda clase de exámenes neurológicos y cardiológicos para comprobar que los cuatro angustiosos minutos no habían dejado secuelas. Basta con verle la cara para comprender que por fortuna no fue así: Dailyn cumplió cuatro meses en el Materno y es hoy un bebé sonrosado, sociable y avispado con la cabeza especialmente erguida que le regala una sonrisa a quienes hablan con su mamá.

Jesús Martínez, el médico que dirigió a Yurena durante la reanimación del bebé.

Pero Yurena, que vivió de cerca la muerte de otro bebé en el hospital mientras estaba hospitalizada su hija, no va a olvidar fácilmente aquella mañana en su cocina ni los días pasados en el Materno, que ella pasó velando a su hija durante el día y durmiendo de noche en su coche. "Solo subía a mi casa a ducharme y cambiarme, y luego otra vez al hospital". Actualmente recibe asistencia psicológica y todavía tiene muchas dificultades para dormir: le cuesta conciliar el sueño y se despierta constantemente para comprobar que su niña respira. Pero no olvida el consejo a todos aquellos que cuiden de niños pequeños: en caso de emergencia, llamar al 112 y ponerse en manos de los médicos y sus instrucciones. "Si hubiese perdido tiempo yendo a buscar ayuda de los vecinos o saliendo a la calle, habría perdido a mi hija".

Por fortuna, lo único que han perdido es la fecha programada para el bautizo de la pequeña, que iba a recibir el mismo fin de semana que salió del hospital. Ese es un problema menor: en el pequeño salón de la casa se apilan sobre una bandeja plateada decenas de zapatitos de color rosa que Yurena y su hija mayor, Kimberly, una belleza de 10 años y hermosísimos ojos verdes, habían confeccionado a mano con goma eva desde semanas antes del incidente para regalarlos como recordatorio del bautizo. Gracias a los reflejos de Yurena y al 112, los zapatitos llegarán a su destino y Kimberly podrá jugar con su hermana, a la que cuida como si fuera una segunda madre.



















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